Tu no bailas ni un carajo…

¡Que divertido! Por unos instantes regreso a la inocente infancia. Mi reloj sin explicación alguna da vueltas en contra sentido, algo extraño sucede, diviso la sala de la casa donde crecí, ¡cuantos recuerdos se cruzan a mil por hora! Mi corazón late al revés y mi respiración va a toda máquina de modo inevitable.
Estamos los tres hermanos menores, ¡fabuloso, todo será nuestro por un par de horas! Los dulces y chocolates, que con mucho celo guarda mamá, para el té con sus amigas, les aseguro desaparecerán como por encanto. Mi hermanita, prepara el escenario perfecto, retira la mesa de centro, mi hermano menor y yo, esperamos sentados al filo de las gradas con gran expectativa. El único testigo es un cuadro del Corazón de Jesús, que al pasar de los años lo asocio más a Carlos Santana, que a cualquier otra cosa, por eso del corazón espinado…
Ser elegido como pareja de baile es todo un acontecimiento, en estricto secreto confieso que anhelo ser el galán seleccionado por tan gentil dama, sin importar que ella con un carajo bien puesto nos deje más pálidos que un helado sin colorante. Dice que si no hacemos silencio, sacará el disco de la maldita radiola y si se daña la aguja, dirá que fuimos nosotros los culpables de ¡imperdonable crimen!, y que si se rompen los tacos seremos los responsables.
Podrán imaginar que uno a los 11 años no está dispuesto a ser el criminal que mató al sonido, consecuentemente al ritmo, a la armonía y al equilibrio. Sin más obedecemos, sabemos que al mínimo error no nos enseñará a bailar los últimos ritmos de moda, no estaremos en onda, seremos un fracaso social: quedaremos ante los demás como el soberano perro.
Tímido por naturaleza, algo gordito, y cuatro ojos, no me atrevo a protestar, el momento es tan mágico que una puteada más o una puteada menos nada importa, ¡la vamos a pasar genial! La maestra se ha puesto los zapatos de taco aguja de mamá, es toda una experta -lógico- tiene 12 años, con autoridad advierte: “carajo respeten la edad soy la mayor, no soy más una niña, si quieren que les enseñe a bailar tienen que hacer todo lo que yo les digo, recuerden que si me tuerzo los tobillos por sus ¡huevadas! también serán responsables”. Tu “Porky” -refiriéndose a mi- tienes que poner especial atención ¡porque tu no bailas ni un carajo! Te vamos a enseñar lo que es bueno, mira bien así se hace.
Consumados bailarines ejecutan extraordinarios giros de baile, obnubilado veo como se deslizan con seguridad y soltura aquellos cuerpos gráciles, parecen haber encontrado la escala musical en sus zapatos. Finalmente, llega mi turno, lo haré bien, es tan fácil, ¡podré volar por el infinito y encantar con mi movimiento a toda una multitud! a pesar de no entender ni jota de sincronía, mucho menos de armonía, peor aún de equilibrio. Repentinamente todo se paraliza, caigo al suelo bruscamente, a pesar de que me explican “el secreto del equilibrio”, lo intento, pero me confundo y no puedo. Algo en mi dice que no pueden entender que soy zurdo y miro su mundo al revés.
Molestos van al centro de la sala y comienzan nuevamente a bailar con absoluta fluidez. Sentado desde las gradas procuro memorizar nuevamente los pasos de baile, no me explico por qué al hacerlo me pongo tan nervioso y no puedo, me gusta pero no puedo. Ahora entiendo que no son zurdos y su mundo corporal se organiza de modo diferente al mió. Siempre me gustó el baile, pienso que es un acto liberador, lúdico, evocador, provocador, sensual, incluyente, te desnuda… el baile es como el primer mordisco que se da a un chocolate una vez que se lo prueba uno sigue adelante.
La cortina del tiempo me regresa a la realidad, la sala de aquella infancia, donde con ojos muy curiosos podíamos ver el naranjo en flor, ya no existe más, mamá tampoco, posiblemente es hoy aquella estrella solitaria que nos besa y brinda su luz desde el firmamento, ¡que se yo! Repentinamente todo cambió y la vida nos condujo por rumbos diferentes, ya no podíamos bailar alegremente en aquella sala de antaño. Entre “saudades” mixturadas (palabra sin traducción exacta del portugués al español, pero sería como una mezcla de profunda tristeza, quimeras y melancolías) aprendí que la niñez tiene su magia propia, aprendí que debíamos seguir adelante para ser gradualmente adultos.
Pocas veces fui el galán seleccionado para aprender el siguiente paso de baile, eso no impidió jamás que afirmara en cada juego el verdadero sentido de la armonía, el que todos de algún modo siempre buscamos. El tiempo necesariamente nos lleva a descubrir la danza de la vida y a saber que el compás perfecto, es posiblemente el del amor que parte de la autoestima, del respeto hacia el otro, de la aceptación del plan infinito que cada uno lo labra día a día. Para el pensamiento oriental el sentido de la armonía no es más que el necesario equilibrio, es de algún modo como el aprendizaje del baile, porque se lo construye gradualmente en el gran escenario de la cotidianidad. “Un guerrero de la luz baila con sus compañeros, pero no transfiere a nadie la responsabilidad de sus pasos.” (Manual del guerrero de la luz)
Diego Javier./DESNUDO CON LA MISMA PIEL
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