La ocasión especial…
“É tempestade que já virou bonaza…”
(Regresso. José Agostinho/Cesaria Evora)
Intento delinear la palabra que duele y quema en un rincón del alma, aquella que se queda en suspenso, como cometa errante llena de ilusiones que busca volar en libertad, pero una vez más llega al límite del cansancio, por la infinita espera de “ocasión especial”, largamente preparada en noches de luna y días sin sol…
Hoy, en la sola compañía de la voz de Eva Aillón y su vals “Insensatez”, miro junto a la ventana del tiempo, como se desvanece la piel, que se consume en tortuosa espera del encuentro de amantes… ¡Que absurda y loca insensatez abriga la espera! ¿Acaso al amor, a la pasión, al erotismo, a la sensualidad, al deseo a flor de piel que ansía fundirse con otra piel, a la vida, hay que “coronarles” al amparo de una ocasión especial? ¡Vanidad de vanidades! ¡Insensatez de insensateces!
Inmersos en una cultura barroca, macondiana, conventual en muchos aspectos, que tiene como marco englobador a la modernidad, al chat, al Internet y la realidad virtual, todavía estamos atrapados en una serie de “fechas fundantes”, que de algún modo marcan nuestras vivencias y experiencias en el devenir del tiempo, a la “espera de otras ocasiones especiales”, sin advertir muchas veces que el paso del tiempo exige mutaciones necesarias…
Les invito a realizar un breve recuento de algunas de las “fundaciones” de las cuales hemos sido protagonistas, y de las que se nos hace tan difícil desprendernos, para permitir que otras miradas y otras sensibilidades nos nutran y refresquen: La primera mordida de Bobby el perro; El primer diente de leche que se le cayó a Camilo: La primera lámpara que iluminó el departamento nuevo de Carmen Alicia; El primer juguete que le compré a Deyanira; La primera lagartija que se metió en el zapato de ocasiones especiales; La primera pelea con Ernesto por el cepillo de dientes.
La primera relación sexual donde perdí hasta las llaves del auto; El primer pantalón de marca que se jodió, porque Azucena lo puso en remojo con las sábanas blancas, y para rematar en cloro; El primer huevo frito que se me quemó; El primer día del año, que por cierto de nuevo no tuvo más que un chuchaqui terrible con la bebida de moda; La primera pelusa que atravesó mi lente de contacto y me hizo llorar hasta el infinito; Y así podría citar otras tantas “fundaciones” que a lo largo del camino las hemos dado un peso de invaluable colección.
Las hay más complejas todavía: La primera vez en me dijeron no te amo sigue tu rumbo; La primera vez que dije no me importa, te seguiré hasta el final aunque no me ames, seré tu sombra; La primera vez que perdí mucho tiempo pensando en lo perdido; El primer fracaso del cual tuve que levantarme desde lo bajos fondos; El primer secreto inconfesable; La primera frase hiriente que recibí o proferí; La primera cena donde no llegó quien más esperaba; La primera vez que el desamor llamó a la puerta, etc., etc., etc.
Las “fechas fundantes” nos han desgastado en espera de la llegada de “otras ocasiones y momentos especiales que hagan de la vida algo especial.” Y luego, a la vuelta de la esquina, tienes una Torre de Babel en delicado equilibrio, a la cual hay que enfrentarla a tiempo para no quedar cautivo en ella.
¿Es que existe acaso un reloj que detenga el paso del tiempo? ¿Se puede devolver las horas perdidas en espera de la ocasión especial? ¿Quién o qué es tan especial, como para perderse lo especial de la vida? ¿Cuáles son los verdaderos momentos especiales? ¿Cuáles los motivos del son? ¡Soberbia de soberbias!
Es necesario reconstruir la magia del azul intenso del mar, para aprender a navegar en la libertad del aquí y el ahora, y no quedarse “encerrado entre puertas abiertas, en espera de que llegue la ocasión especial”. Quizá el “hambre de piel”, y la “sed de vida”, no sean más que el reencuentro con uno mismo y lo especial de la cotidianidad en toda su sencillez.
El tiempo de la espera posiblemente sea el más duro de los silencios… porque no hay un reloj que pueda devolver las horas idas. Tacto, gusto, olfato (sentidos de corta distancia)oído y vista (que pueden brindarnos experiencias a distancia) hacen posible, junto al latir del corazón y la respiración, que la vida fluya en un instante mágico, lúdico, maravilloso e irrepetible.
La decisión de embarcarse en la aventura de la vida y no estar a la espera de la “ocasión especial”, está en nosotros mismos, aquí y ahora, después de todo al agua hay que dejarla correr…
Diego Javier./DESNUDO CON LA MISMA PIEL

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