El espejo indiscreto…
“cuando la belleza acabe quizá no nos demos cuenta,
será bella tu sonrisa, será bella tu mirada”
(Alejandro Lerner)
Desnudo frente al espejo, sabia que el tiempo de la mocedad había llegado a su fin, sensaciones muy complejas de definir recorrieron mi cuerpo. ¡Mi vanidad estaba completamente comprometida! ante innegable realidad. Estoy arruinado Drácula nació el mismo día que yo, es el fin pensé, él por lo menos sale en las noches y recupera su juventud robándoselas a sus victimas, no puedo hacer nada ¡ni siquiera el botox funciona!, apenas soy un simple mortal, esto es terrorífico no lo resistiré. Miraba únicamente un conjunto de imperfecciones que no hacían más que reafirmar lo que siempre decía la TV, sobre aquello de que el tiempo deja huellas y arrepentimientos…
El espejo –al que odiaba con intensidad suprema- profería todo tipo de reclamos sin parar: te lo dije, te lo advertí, tú tienes la culpa, no tienes cuerpo de telenovela y así lo tuvieses cualquier cuerpo es mejor que el tuyo. Perdida la batalla me dirigí al refrigerador, lo encadené a la vez que anuncié con voz alta y firme: en adelante este aparato del demonio sólo guardará agua ozonizada al 100% y lechugas orgánicas conjuradas en noche de luna. En mi alcoba permanecía inmóvil aquel objeto, instigador, impenetrable, inquisitorial, fui al ropero, elegí un traje muy lúgubre que ocultara todas mis imperfecciones, especialmente “aquellos rollitos” de los cuales el espejo indiscreto se burlaba con matemática ironía.
Con gafas obscuras y un sombrero similar al de “Dick Tracy” -personaje favorito de mi lejana infancia- me dirigí al supermercado, entré muy discretamente procurando no ser identificado. Se me había dicho una “realidad indiscutible”, mi cuerpo estaba completamente hecho pedazos, debía tomar ¡medidas radicales! Compré lo requerido y salí inmediatamente del lugar.
Ya en casa me despojé de todo lo que llevaba puesto, desnudo y con las gafas puestas, muy optimista pensé frente al espejo: ¡Perfecto! en apenas unos días todos estos rollitos infernales y patas de gallo habrán desaparecido, podré tener un cuerpo maravilloso, siempre joven como aquellos de la TV, es más, ingresaré al mundo de la “eterna belleza” y de este modo habré encontrado “la formula mágica de la felicidad” seré siempre joven, guapo, con un cuerpo de catálogo…
Son las cinco de la mañana, confundido aún me levanto apresurado, corro frente al espejo y me miro nuevamente completamente desnudo, pero esta vez de modo diferente, es el día de mi cumpleaños cuarenta y cuatro, es el inicio del “tiempo del esplendor”, debo cuidarme y mimarme más cada día, abrir las puertas del alma para que la riqueza interior fluya de mejor manera, como aquellos rayos refrescantes del atardecer que alivian el alma.
Hoy, no es el espejo indiscreto el que me habla, es mi voz interior, mis emociones, sensaciones y pensamientos quienes dicen que todo tiene un tiempo en la vida, y que avanzar en los años no es más que experimentar una serie de vivencias, unas llenas de mil colores, otras en gama de grises, pero vivencias al fin.
Son aquellos estereotipos tan marcados -respecto de la belleza, el éxito social y personal- los que limitan nuestro desarrollo. Nada más importante que saber que uno se pertenece ¡ese es el primer principio! No existe “formula de la felicidad” y mucho menos la “eterna juventud”. Siempre tenemos la oportunidad de mirarnos frente a nuestro propio espejo, el de las actitudes y comportamientos.
Ni el alucinante Drácula, o el intrépido Dick Tracy, o los cuerpos de telenovela -que seducen, encantan y buscan borrar los límites entre realidad y fantasía- son la referencia, mucho menos el agua mágica o las lechugas encantadas. Lo verdaderamente hermoso y grande es aquello que nos hace crecer como personas, y nos permite ser suficientemente dignos para levantarnos y volver a empezar.
Diego Javier./DESNUDO CON LA MISMA PIEL
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